Lo dijo Garret Hardin: no hay una solución técnica para el problema de la sobrepoblación

Pero, ¿Qué es una solución técnica? Según la definición del ecólogo, es “aquella que requiere sólo un cambio en las metodologías y técnicas de las ciencias naturales, y demanda poco o ningún cambio en el ámbito de los valores humanos o las ideas morales”. Para entender mejor este concepto, recurre a mencionar el clásico juego del gato:

“Recuerden el ‘juego del gato’. Consideren el problema, ‘¿cómo puedo ganar el juego del gato?’ no hay una ‘solución técnica’ al problema. Solo puedo ganar si le otorgo un sentido radical a la palabra ‘ganar’. Puedo golpear a mi oponente en la cabeza; lo puedo drogar o puedo falsificar los resultados. Cada forma en la que ‘gano’ involucra, de algún modo, un abandono del juego como lo entendemos intuitivamente”.

La sobrepoblación, al igual que el juego del gato, forman parte de aquellos problemas que ‘no tienen solución técnica’, según Hardin. ¿Por qué? Aquí te explicamos sus razones.

Lo dijo Garret Hardin: no hay una solución técnica para el problema de la sobrepoblación
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La Tierra es finita, la población aumenta y los bienes per cápita decrecen. Y aún con la tecnología que puede ser prevista, queda en evidencia que la miseria humana aumentará si no entendemos que nos queda poco mundo y que “el espacio extraterrestre” no es una solución por el momento. 

Y si hay dudas, hagamos el ejercicio de cuestionarnos: ¿puede alcanzarse “el mayor bienestar para el mayor número de personas”? Hardin dice que no, basándose en dos planteamientos:

 

  1. Matemáticamente no es posible optimizar dos (o más) variables al mismo tiempo Esto fue claramente demostrado por Von Neumann y Morgenstern, pero el principio está implícito en la teoría de ecuaciones diferenciales parciales, que data al menos desde D’Alembert (1717-1783).

 

  1. Para vivir, todo organismo debe poseer una fuente de energía (por ejemplo, alimento). Esta energía es utilizada para dos propósitos: simple sustento y trabajo. Para el sustento de la vida de un ser humano se requieren alrededor de 1.600 kilocalorías al día (“calorías de sustento”). Cualquier actividad que realice por sobre y más allá de mantenerse vivo es definida como trabajo, y es sustentada con las “calorías de trabajo” que ingiera. Las calorías de trabajo son utilizadas no solo para aquello que en lenguaje coloquial llamamos trabajo, sino que son necesarias también para cualquier forma de disfrute, desde la natación y las carreras de autos hasta tocar música o escribir poesía.

 

Según el punto 2 (el más argumentado), si deseamos maximizar la población, debemos lograr que las “calorías trabajo” por persona “se acerquen lo más posible a cero”. Lo cual según Hardin se traduce en: “no más comidas gourmet, ni vacaciones, deportes, música, literatura, arte...”, por lo que todos coincidirían (aún sin pruebas) con esta afirmación: “al maximizar la población no se maximiza su bienestar”.

Entonces, ¿Qué debemos maximizar? ¿La energía? ¿Los bienes? En el caso de los bienes, “deseamos el máximo de bienes por persona, pero ¿qué es un bien? Las definiciones varían. Esas diferencias, vuelven aún más compleja la tarea de definir qué es lo óptimo para una población que crece de manera exponencial.

“Sostenemos que usualmente es imposible comparar un bienestar con otro, pues éstos son inconmensurables. Los inconmensurables no pueden ser comparados. Teóricamente esto puede ser cierto; sin embargo, en la vida real los inconmensurables son conmensurables. Solo se necesita un criterio de juicio y un sistema de medición. En la naturaleza, el criterio es la sobrevivencia”.

Y en el despiadado acto de sobrevivir, la libertad y la lógica conducen a la tragedia:

“Imagínese una pradera abierta para todos. Es esperable que cada ganadero tratará de mantener el mayor número de cabezas de ganado posible en este terreno común. Este acuerdo puede funcionar en forma razonablemente satisfactoria por siglos porque las guerras tribales, el hurto de ganado, y las enfermedades mantienen el número, tanto de seres humanos como de animales muy por debajo de la capacidad de carga de terreno”.

El problema con esto es que al llegar el momento del “ajuste de cuentas”, la lógica inherente a los recursos comunes (como la denomina Hardin), conduce a una tragedia inminente, porque un “ganadero racional” optaría por maximizar sus ganancias. Lo que significa que cada persona buscaría incrementar su rebaño sin límite alguno:

“La ruina es el destino hacia el cual todos los seres humanos se precipitan, cada uno buscando su propio mejor interés en una sociedad que cree en la libertad de los (bienes) comunes. La libertad en los bienes comunes conlleva entonces la ruina para todos”.

Muchos podrían negar esta afirmación, porque según Hardin, el individuo tiende a negar la verdad de acuerdo a sus intereses. ¿Y puede la educación contrarrestar este tipo de comportamientos, incluido el “hacer lo incorrecto”? Es muy probable, pero se requiere que estos conocimientos se transmitan de forma repetitiva por cada generación. Y ante la tentadora libertad de los intereses propios, parece una tarea bastante difícil…

Algo similar sucede con la contaminación. Y realmente, no se trata de lo que se extraiga de los recursos comunes, más bien de lo que se “deposita” en ellos, como en el caso del agua, la tierra, o la naturaleza como tal (o vista como un recurso de uso común).

Pensemos en los desperdicios: Hardin menciona que el “hombre racional” piensa que el costo de descargar sus desperdicios en los recursos comunes es menor que el costo de purificarlos:

“Estamos atrapados en un sistema de ‘ensuciar nuestro propio nido’, en tanto continuemos comportándonos sólo como empresarios libres, independientes y racionales”.

Además, si hablamos de recurrir a la propiedad privada para proteger dichos recursos entramos también en una contradicción, porque los propietarios se preguntarán ¿Y si para mí es más fácil y menos costoso verter mis desperdicios en un área que es de mi propiedad? Esto nos dice que aquella propiedad privada, que seguramente nos “disuade de agotar los recursos positivos de la Tierra”, como dice Hardin, favorece la contaminación.

Y seguramente te preguntas ¿Qué tiene que ver esto con la sobrepoblación? El entender el concepto de sobrepoblación como una grave amenaza tiene sus fundamentos en que los recursos que se requieren para que cada individuo tenga una mejor calidad de vida según sus necesidades, en cómo la creciente actividad humana afectaría al planeta y desde luego, en la imposible tarea de concientizar a una población que aumenta cada vez más. Por lo tanto, es necesario hacer énfasis en que la contaminación es también una consecuencia de la sobrepoblación:

“Conforme la población se ha hecho más densa, los procesos naturales de reciclaje tanto biológico como químico están ahora saturados y exigen una redefinición de los derechos de propiedad”.

Otra difícil tarea es “legislar para la moderación”. Mirar el problema de la contaminación con los ojos puestos en la densidad poblacional nos induce a tomar en cuenta un principio moral no reconocido:

“La moralidad de un acto es una función del estado del sistema en el momento en que el acto se lleva a cabo”.

Hardin lo ejemplifica mencionando que “el uso de recursos comunes como un pozo sin fondo no daña a la población en general en zonas vírgenes, puesto que no existe tal población”. Quiere decir que, no sabemos si el acto de cazar un animal o prender fuego a un montón de ramas afecta a la totalidad del sistema al que pertenecemos u otros pertenecen. Sin embargo, se sigue recurriendo al tajante “no se debe”.

“Que la moralidad es sensible al sistema donde se despliega, es un aspecto que escapó a la atención de la mayoría de los pensadores de la ética en el pasado. “No se debe...” es la fórmula adoptada por las directrices éticas tradicionales, que no tomaban en consideración circunstancias particulares”.

Sin duda, este tipo de moralidad no es del todo efectiva si se aplica en una sociedad cambiante, compleja y sobrepoblada. Y siendo la prohibición “fácil de legislar”, cabe cuestionarse ¿Cómo legislar la moderación? Hardin dice que por medio del derecho administrativo:

“Limitamos innecesariamente las posibilidades si suponemos que el sentimiento de Quis custodiet nos niega el uso del derecho administrativo. Debemos más bien conservar dicha frase como un recordatorio continuo de los temibles peligros que no podemos evitar. El gran desafío que enfrentamos hoy es el de inventar medidas de retroalimentación correctiva que se requieren para mantener la honestidad de los agentes de gobierno. Debemos encontrar formas de legitimar la necesaria autoridad de ambos: los agentes de gobierno y las medidas de retroalimentación correctiva”.

Y que además, la tragedia de los comunes se relaciona con la sobrepoblación de otra manera:

“En un mundo gobernado solamente por el principio de “el perro se come al perro” –si de hecho tal mundo ha existido alguna vez– el número de hijos por familia no sería asunto público. Los padres que procrean excesivamente dejarían una menor, y no una mayor, descendencia, puesto que serían incapaces de cuidar adecuadamente a sus hijos”.

El otro problema es el hecho de vivir en una sociedad asistencialista ¿Qué quiere decir esto? Que si cada familia dependiera de sus recursos, sin ayuda alguna, la “sobrerreproducción”, como la denomina Hardin, encontraría su propio castigo. Pero esto no sucede, porque existe interés público y compromiso con un “estado asistencialista”, lo cual abre paso a más contradicciones:

“En un estado asistencialista, ¿cómo debemos abordar a la familia, la religión, la raza, la clase (o cualquier grupo distintivo y cohesionado) que adopte la sobrerreproducción como una política para asegurar su propio engrandecimiento. Equilibrar los conceptos de libertad reproductiva en la creencia de que todos los seres humanos nacen con igual derecho sobre los recursos comunes equivale a precipitar al mundo hacia un trágico curso de acción”.

Otro tema, es el generar conciencia. Hardin dice que estamos equivocados si pensamos que podemos controlar la sobrepoblación apelando a la conciencia, ya que esta puede ser autodestructiva y suele transformarse en una “mala conciencia”, un “tipo de enfermedad”, como menciona Nietzsche. Además, el lenguaje que se utiliza en tales situaciones está hecho para generar culpa en quienes no quieran “cooperar”.

“Apelar a la conciencia de los demás es tentador para toda persona que quiera extender su control más allá de los límites legales”

Parece complejo explicar por qué la tragedia de los recursos comunes tiene relación con el problema de la sobrepoblación. Pero, sin necesidad de desglosar por completo el texto de Garret Hardin, el problema es el siguiente:

“Los recursos comunes, si pudieran justificarse en algún caso, son justificables solo bajo condiciones de baja densidad poblacional”.

Quiere decir que, mientras la población humana aumenta, los recursos comunes son “abandonados” de una forma u otra: en la recolección de alimentos (al cercar y restringir los espacios naturales), en términos de eliminación de desechos (el concepto de recursos comunes como áreas para depósito de basura), y finalmente, en el reconocimiento de los daños que ocasionamos a los “recursos comunes en materia de placer”, ya que según Hardin:

“Casi no existe restricción para la propagación de ondas sonoras en los espacios públicos. El consumidor es asaltado con música demencial sin su consentimiento. Nuestro Gobierno está gastando miles de millones de dólares para crear transporte supersónico que podría perturbar a 50.000 personas por cada individuo que en el futuro sea transportado de costa a costa tres horas más rápido. Los anuncios de las carreteras ensucian y contaminan la visibilidad de los transeúntes y perturban las ondas aéreas de radio y televisión”.

De acuerdo con lo anterior ¿El ser humano estaría preparado para “legislar en materia de placer”? ¿La contaminación visual y auditiva provocada por la propaganda y la música “demencial” deberían considerarse una protesta o un triunfo frente al pensamiento puritano considerado como una amenaza? Hardin menciona que “cada nueva restricción en el uso de los recursos comunes implica restringir la libertad personal de alguien”. Y el dilema se produce al reconocer que es necesario renunciar a la libertad de uso de los recursos comunes si se tiene la intención de aumentar la población humana.

A modo de conclusión, Hardin menciona que la única forma de “preservar y alimentar otras y más preciadas libertades es renunciando a la libertad de procrear” y que además, es tarea de la educación transmitir este mensaje.

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